viernes, 5 de febrero de 2010

maquinaria emocional 9: azotea

salí de la casa de marko.
sólo cuando me encontré fuera, miranod la nota arrugada en mis manos me dí cuenta que había coludido con él para hacerle creer que tuvo poder sobre mi.
ahora, le había encendido como una monta;a de paja en el jardín de la casa. estab odiándome, seguro, por haberlo desafiado.
llame a K, pero no me respondería, k le tenía miedo, en eses entonces, k parecía una mara;a de pescar. se sentaba en la orilla de la playa mientras marko y yo recogiamos piedras, se metia en la parte tranquila y nos miraba detrás de los lentes negros. de esa epoca K recordaba que fueron buenos tiempos. yo no quiero hacerle pensar otra cosa. la vida pasada es como nos la imaginamos. yo no voy a decirle que le gustaba espiar, y que siempre andaba urgando en nosotros, porque, basicamente, no tenía nada mejor que hacer.
K se había puesto una de esas inyecciones para controlarse las depresiones. yo nunca le presté atención a sus enfermedades, me parecían como su manera de relacionarse con el mundo. jamás intenté usar la maquinaria emocional con él, me pareció libertinaje, promiscuidad, y ahora, me parece quehabría fracasdo, porque K no tiene voluntd, nunca ya.
Cuando volví al taller y escondí los papeles debajo de la manta que usabamos como alfombra, marko me estaba esperando. me dijo que le había hecho perder dos gallos de pelea y quiso que se los pague. yo le repetí que lo importante era lo que acababamos de abrir en el cementerio, lo que llevabamos en los bolsillos, nuestros juegos, las piezas que escondimos en la tela, que teníamos que hacer algo.
le dije que controlar a la gente no era un juego. le pregunté si quería hacerlo, si quería seguir de mi ladro, o si se iba a meter junto a sus gallos, en su granja, a cultivar mariahuana, a vender imitaciones, si iba a terminar K inyectándole esas cosas.
entonces, sin pensarlo dos veces, marko me sujeto del brazo y me llevó a la azotea, me golpeó con la manera que trancaba la puerta, y me dejó mirando la avenida, con el cabello en la cara, mirando hacia abajo los autos estacionados.
yo no sabía que markos tenía tantas ganas de matarme, de lo contrario no habría jugado con mi vida.
y en esos momentos de insanía le volví a preguntar si quería seguir en eso, y que las cartas estaban debajo de la manta si cambiaba de opinión. marko, dijo algo mirando el sol que caía sobre mi cabeza roja, se puso las manos en la cintura y miró hacia arriba, las ventanas peque;as de los edificios que nos rodeaban, se;alandoles, y me pateó.
no quería morirme, eso lo tenía claro.

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